Martina Hinojosa Arroyo, arriera y forjadora

Por Beatriz Vaca*
LA PAZ, 1 Nov (PSM).- La familia potosina Hinojosa-Arroyo, en 1906, dejó sus raíces en Vitichi, llevando consigo tres hijos, sus cabras, petacas de coca, algunos enseres y dinero para comprar tierras paicheñas, en el departamento de Tarija, donde nació Martina, mi abuela, en el verano de 1908.
Martina Hinojosa creció en la Comunidad de Paicho Caña Cruz, en el Morro del desemboque de la Quebrada de Las Pintas, cuidando animales y habilitando terrenos de cultivo, junto a su padre, madre, hermanas y hermanos. Sus hermanos mayores se dedicaban al comercio, a lomo de mulos, recorriendo diferentes lugares del sur de Bolivia.
Martina aprendió a vender pan y pasteles en las fiestas de las diferentes comunidades de Paicho, donde conoció al que después fue su esposo, Juan Bautista Vaca Gámez. Por ello, se trasladó a vivir a la Comunidad de Paicho Huayco Seco, donde se dedicó a la agricultura, la costura y al cuidado de su familia.
Dos años después de tener a René (nacido en 1928), su primer hijo, decidió separarse de Bautista, mi abuelo, por la violencia que sufría, trasladándose a vivir a la ciudad de Tarija, a la casa de una prima que vivía en la Calle Campero, donde instaló su venta de desayuno y comida en la puerta de la vivienda.
De esta manera, Martina, en 1930, cortaba el ciclo de violencia que era naturalizado para las mujeres bolivianas.
Bautista, mi abuelo, campesino trabajador, visitaba a su niño René, mientras insistía a Martina que retornara a Paicho. Es así que, seis años después, vuelve a Paicho a vivir con Bautista y tienen tres hijos más: Félix, mi padre, Arturo y Getrudes. En 1941 fallece mi abuelo Bautista, dejando a Martina con tres hijos pequeños y la última en el vientre.
Martina, con 32 años y cuatro hijos, toma las riendas del hogar y las riendas de la recua, para dar una vida digna a sus hijos e hija y lograr que vayan a la escuela.
Como desde niña aprendió de su padre y hermanos mayores la profesión de arriera y comerciante, se constituyó en una arriera destacada en medio de arrieros hombres, que era lo natural en la sobrevivencia campesina.
Martina viajaba acompañada, primero, de su hijo René, que apenas tenía 12 años; luego, de Félix, cuando René migró a Argentina. Este trabajo permitiría enviarlos a la escuela y evitar que fueran peones de mano de obra gratuita, como ocurría con hijos e hijas huajchas (huérfanos).
Como arriera, llevaba y traía alimentos, coca y otros productos desde comunidades chuquisaqueñas, pasando por comunidades tarijeñas, hasta comunidades y pueblos del sur potosino.
Cada mes de junio, preparaba las cargas, llevando productos deshidratados, como mocochinchis, pasas de higos y pasas de uva. Y, claro, no podían faltar la coca y las piezas de lienzo, que durante la cuaresma (época de cosecha) había comprado en la ciudad de Tarija. También preparaba el avío, que consistía en pan, charque de chivas, tostado de maíz y otros alimentos para cocinar en el viaje.
Cruzaba las provincias Méndez, Cercado, O’Connor y llegaba al río Grande, más conocido como Pilaya, que es parte del Pilcomayo; luego cruzaba el vado y se introducía en los bosques chuquisaqueños, hasta llegar a las pampas de ají de El Palmar y El Manzanal, en la provincia Sud Cinti, casi al límite con las provincias Hernando Siles y Azurduy del departamento de Chuquisaca.
Después de ocho días de recorrido, hacía los negocios, ya fuera truequeando (intercambiando) o comprando ají, durante quince días.
En el mes de julio llegaba a la ciudad de Tarija a comercializar el ají y comprar azúcar, jabón, lienzo, hilos para continuar con el comercio en otras comunidades.
Se alojaba en la casa de una amiga de la comunidad de Tomatas Grande, en Iscayachi y en otras comunidades, donde bajaba sus cargas y su máquina de coser e instalaba su taller de costura. Durante una o dos semanas costuraba y entregaba las prendas; meses después retornaba a cobrar por el trabajo realizado, que era pagado con los productos de la tierra como papa y trigo.
Otro viaje que realizaba era a las provincias de Sud Chichas y Omiste, del departamento de Potosí. Allí comercializaba ají, maíz, tostado. Estos productos se vendían muy bien en Tupiza, lo mismo que en Villazón. De esta manera, contribuía a suministrar alimentos para la población minera del sur de Potosí, para que los varones y los empresarios mineros continuaran acumulando riqueza con el sacrificio de otros bolivianos, entre ellos mi abuela Martina.
En Tupiza cargaba la recua con azúcar y coca; y de Villazón compraba un costal de jabón, que era muy cotizado en las comunidades campesinas.
Otro viaje solía ser a La Pampa Grande, al norte del municipio de San Lorenzo. Allá se producía caña de azúcar, chancaca, miel de caña y cítricos.
Trasladaba esta dulce, pero pesada carga hasta Paicho y desde ahí a Ircalaya, a las comunidades del cañón de los Cintis. Allí entregaba la chancaca a las bodegas de don Julio Mogro para que la transformaran en trago cañazo, un licor que luego solía ser comercializado en las minas, con lo que los mineros aliviaban sus largas jornadas de explotación. Este viaje se repetía dos o tres veces al año.
El regreso de los viajes era motivo de festejo para sus niños y niñas, porque, como todas las madres, traía algunas frutas, dulces, empanizau de chancaca, un barril de miel de caña que terminaba embadurnado de dulzor dejando en evidencia de que los niños y la niña habían robado la golosina y la habían disfrutado al menos un momento. La comunidad también la esperaba, pues era la “costurera” que, cerca de las fiestas, amanecía confeccionando las prendas para tranquilidad de sus clientas.
En la primavera y verano, regaba y movía la tierra de su parcela para producir alimentos y frutos frescos. De febrero a abril, preparaba las cargas con la producción fresca de tomate, cebolla, manzana, uva y durazno y se dirigía a la ciudad de Tarija. Entre sus cargas viajaron también los primeros pelones (mocochinchis) que se habían elaborado gracias a los dos o tres durazneros que tenía cada familia en Paicho en aquella época.
En San Lorenzo empezaba la venta y, con este dinero, constituía la tienda móvil que, en el mes de junio, llevaba a la Frontera o a Pampa Grande.
De esta manera, Martina, cada año, movía la economía de las comunidades rurales y urbanas y alejaba a su familia de la pobreza extrema, con la finalidad de generar ingresos económicos para criar a sus hijos e hija. Caminaba día y noche, hasta adormecer sus pies y todo su cuerpo de cansancio, sufriendo las inclemencias del tiempo: lluvias que llenaban los ríos y remojaban los pulmones; calores fuertes, hasta no tener saliva en la boca; noches oscuras que no permitían ver ni la palma de la mano; fríos que penetraban las polleras y rajaban las manos y pies, hasta hacerles brotar sangre; vientos que llenaban los ojos de tierra…
Pero ella no desmayaba, seguía arriando su recua de unos 10 animales por caminos de herradura porque eran tiempos en que no había caminos carreteros, ni camiones para trasladarse de un lugar a otros. Cada uno de sus viajes duraba por lo menos un mes.
Mi abuela Martina cerró sus ojitos en 1952, a sus florecientes 44 años, dejando a sus hijos con las herramientas y destrezas para salir de la comunidad cuando la tierra es pequeña, cuando los animales no crecen y la pobreza extrema te acecha.
Es así que mi padre, Félix, se quedó sin madre a los 16 años y emprendió viaje a Argentina, al igual que su hermano René. Después de ahorrar algunos años, se volvieron “arrieros”, no con caballos, sino con un camión. De esta manera, lo forjado por Martina era replicado por sus hijos, pero usando las nuevas tecnologías.
Agradezco la libertad y entereza de mi abuela Martina, que dio lugar a que sus hijos buscaran alternativas laborales y se plantearan desafíos inalcanzables en la segunda mitad del siglo XX para los campesinos tarijeños, como mi padre y madre: trasladar a sus hijas a la ciudad para que estudiaran, desde niñas, con todos los riesgos que eso significaba.
– Si ahora el Estado está ausente en varios espacios, entre 1920 y 1950 prácticamente no existía. Martina tuvo que forjar en soledad su vida y la de su familia y, en ese andar, terminó contribuyendo a la construcción económica de esta parte de Bolivia.
La vida de Martina evidencia el cuidado de la vida, de manera sistemática e histórica, que realizamos millones de mujeres para generar ingresos económicos de las más diversas maneras, en las peores condiciones; y esas historias no están escritas en los libros de las escuelas y universidades. Somos parte de la historia negada de Bolivia, pero, hasta hoy, permitimos vivir dignamente a miles de familias, sin acumular desmedidamente riqueza, sin apropiarse de los recursos naturales, sin contaminar los ríos y cerros, sin saquear, simplemente sosteniendo la vida.
*La historia de Martina Hinojosa Arroyo fue presentada al concurso «‘Forjadoras de historia – Mujeres del bicentenario», de la organización cultural Illa. La historia quedó inmortalizada en un mural en la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno.
