¿La bolsa brasileña se desplomó porque los mercados son de derecha?

Hace poco conversaba con un colega sobre cómo reaccionan los mercados financieros a los resultados electorales. Él sostenía que las bolsas y los inversionistas son esencialmente de derecha o promercado, y que cualquier victoria de un candidato de izquierda genera automáticamente desconfianza.
Pero la realidad es bastante más interesante. Tras la reelección de Lula, la bolsa brasileña llegó a caer más del 17% durante esa jornada y cerró perdiendo 13,88% (más de 28.000 puntos). Mientras tanto, el dólar subió 8,21% frente al real.
¿Será simplemente porque Lula es de izquierda?
Recordemos algo curioso: cuando Lula ganó en 2022, la bolsa subió 1,31%. Cuando Bolsonaro ganó en 2018, cayó 2,24%.
Los mercados son bastante más pragmáticos de lo que solemos pensar. No les importa tanto si un presidente se declara de izquierda o derecha, sino qué políticas económicas pretende implementar y qué riesgos representan para la estabilidad del país.
¿Y qué preocupa ahora en Brasil? Principalmente, una agenda de expansión del gasto público: mayores transferencias sociales, subsidios, inversión estatal y programas de apoyo económico. A esto se suman medidas laborales, como reducir la jornada de 44 a 40 horas sin disminuir salarios y mantener aumentos reales del salario mínimo, que podrían incrementar los costos laborales y afectar la productividad si no vienen acompañadas de mejoras en eficiencia.
También existe preocupación por una mayor intervención estatal en empresas estratégicas como Petrobras, particularmente si las decisiones políticas terminan desplazando criterios de rentabilidad y eficiencia.
Por supuesto, estas políticas también pueden generar beneficios sociales y económicos. La pregunta no es solamente cuánto se quiere gastar, sino cómo se financiará y si sus beneficios compensarán sus costos.
Y aquí viene la explicación económica en facilito.
Imaginemos una familia que gana Bs 10.000 mensuales, pero gasta Bs 15.000. Para cubrir la diferencia se endeuda. Si mantiene ese comportamiento durante años, llegará un momento en que los bancos considerarán que prestarle es cada vez más riesgoso y le cobrarán intereses más altos.
Con los países sucede algo parecido. Cuando un gobierno promete gastar persistentemente por encima de sus posibilidades, aumenta el temor a un mayor endeudamiento y a dificultades futuras para pagarlo. Los inversionistas exigen intereses más altos, el crédito se encarece y la inversión puede disminuir. Si además muchos deciden vender sus activos y comprar dólares, la bolsa cae y la moneda se deprecia.
Brasil ya enfrenta una deuda pública elevada y costos financieros importantes. A esto se sumó que muchos inversionistas esperaban una victoria de Flávio Bolsonaro y tuvieron que ajustar rápidamente sus posiciones tras el resultado electoral.
¿Cuál es entonces el gran reto de Lula?
Enviar una señal rápida, clara y creíble de responsabilidad fiscal. Demostrar que sus compromisos sociales tienen financiamiento sostenible y que no permitirá que la deuda crezca indefinidamente. De lo contrario, corre el riesgo de prolongar la incertidumbre, encarecer el financiamiento y provocar nuevas salidas de capitales.
Y esta es una lección que también deberíamos tener muy presente en Bolivia. Los mercados no castigan automáticamente a los gobiernos de izquierda ni premian automáticamente a los de derecha. Castigan, sobre todo, la percepción de políticas económicas insostenibles.
Porque las buenas intenciones pueden ganar elecciones, pero no alcanzan para pagar las cuentas. Y tarde o temprano, alguien tiene que pagarlas.
*Solange Sardán es economista especialista en mercados laborales y protección social
